Anónimo
Anónimo preguntado en Arte y humanidadesArtes Escénicas · hace 6 años

¿Alguien Me recomienda un libro De Mitologia Griega?

Estoy muy interesado en el tema de la mitologia Griega Asi que si por favor alguien Me romienda alguno?

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  • hace 6 años
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    HOMERO

    ILÍADA CANTO I*

    Peste - Cólera

    * Después de una corta invocación a la divinidad para que cante "la perniciosa ira de Aquiles", nos

    refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento aqueo para rescatar a su hija, que

    había sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamenón; éste desprecia al sacerdote, se niega a

    darle la hija y lo despide con amenazadoras palabras; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el

    campamento; Aquiles reúne a los guerreros en el ágora por inspiración de la diosa Hera, y, habiendo

    dicho al adivino Calcante que hablara sin miedo, aunque tuviera que referirse a Agamenón, se sabe por

    fin que el comportamiento de Agamenón con el sacerdote Crises ha sido la causa del enojo del dios. Esta

    declaración irrita al rey, que pide que, si ha de devolver la esclava, se le prepare otra recompensa; y

    Aquiles le responde que ya se la darán cuando tomen Troya. Así, de un modo tan natural, se origina la

    discordia entre el caudillo supremo del ejército y el héroe más valiente. La riña llega a tal punto que

    Aquiles desenvaina la espada y habría matado a Agamenón si no se lo hubiese impedido la diosa Atenea;

    entonces Aquiles insulta a Agamenón, éste se irrita y amenaza a Aquiles con quitarle la esclava Briseida,

    a pesar de la prudente amonestación que le dirige Néstor; se disuelve el ágora y Agamenón envía a dos

    heraldos a la tienda de Aquiles que se llevan a Briseide; Ulises y otros griegos se embarcan con Criseid a

    y la devuelven a su padre; y, mientras tanto, Aquiles pide a su madre Tetis que suba al Olimpo a impetre

    de Zeus que conceda la victoria a los troyanos para que Agamenón comprenda la falta que ha cometido;

    Tetis cumple el deseo de su hijo, Zeus accede, y este hecho produce una violenta disputa entre Zeus y

    Hera, a quienes apacigua su hijo Hefesto; la concordia vuelve a reinar en el Olimpo y los dioses celebran

    un festín espléndido hasta la puesta del sol, en que se recogen en sus palacios.

    1 Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males

    a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa

    de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron

    disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

    8 ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de

    Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres pe-

    recían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su

    hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas

    de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los

    aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

    17 -¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos

    palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned

    en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere

    de lejos.

    22 Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el

    espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de

    mal modo y con altaneras voces:

    26 -No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores

    tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del

    dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de

    su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que

    puedas irte más sano y salvo. 33 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la

    orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano

    Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

    37 -¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas

    en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o

    quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los

    dánaos mis lágrimas con tus flechas!

    43 Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las

    cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron

    sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche.

    Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al

    principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus

    amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

    53 Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo,

    Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos

    brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez

    reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

    59 -¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si

    escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos.

    Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el

    sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está

    quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de

    corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

    68 Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el

    mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves

    aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los

    arengó diciendo:

    74 -¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándasme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere

    de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de

    palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos

    todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien

    se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra

    ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

    84 Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

    85 -Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a

    Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno

    de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y

    vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser

    en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

    92 Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

    93 -No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del

    ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el

    rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no

    librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni

    rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le

    hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.

    101 Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón

    Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al

    relumbrante fuego; y, encarando a Calcante la torva vista, exclamó: 106-¡Adivino de males! jamás me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en

    profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste nada bueno. Y ahora, vaticinando ante

    los dánaos, afirmas que el que hiere de lejos les envía calamidades, porque no quise

    admitir el espléndido rescate de la joven Criseide, a quien anhelaba tener en mi casa. La

    prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es inferior ni en el

    talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en destreza. Pero, aun así y todo, consiento en

    devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero

    preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que sin ella se

    quede; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se va a otra parte la que me había

    correspondido.

    121 Replicóle en seguida el celerípede divino Aquiles:

    122 -¡Atrida gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra

    recompensa los magnánimos aqueos? No sabemos que existan en parte alguna cosas de la

  • Anónimo
    hace 6 años

    El mundo de sofia ;)

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