¿Sigmund Freud Sexualidad?

Segun Sigmund Freud Que es la sexualidad y en la sexualidad que es el hombre

1 respuesta

Calificación
  • Anónimo
    hace 7 años
    Mejor Respuesta

    Sin espiritualidad el amor conyugal es difícil que se mantenga. Es elevarlo de nivel y transitarlo de lo natural a lo sobrenatural. Lo físico tiende a pasar y a degradarse en alguna medida. Con lo espiritual sucede justamente lo contrario: ayuda a superar las flaquezas personales y suavizar el desgaste de la convivencia. Si amar es querer envejecer juntos, hay que procurar las tres dimensiones. Ahí se convocan los tres grandes amores clásicos: de benevolencia, de concupiscencia y de amistad. El primero tiene en el desinterés y en la búsqueda del bien del otro su primera propuesta, pensando más en el otro y menos en sí mismo. Es el amor más puro. Gozar viendo al otro disfrutando y saboreando lo bueno de la vida. Te deseo lo mejor. Sentimientos complacientes, generosos, en donde uno se olvida de sí mismo para volcarse en el otro: amor magnánimo, amable, desprendido, noble, en donde la educación complaciente se hace dócil. Sería como decirle a la otra persona: guardo las formas contigo como cuando éramos novios, me esmero por tratarte como lo que quiero que seas para mí, apoyo y descanso. Hay que avanzar en esa línea mediante esbozos, tanteos, aprendizajes y por supuesto, la ilusión de llegar a formar una pareja bien conjugada, armónica. El amor consiste en un proyecto compartido de generosidad, donde cada vida intenta alumbrar a la otra. Pensar y ocuparse más del otro. La felicidad propia pasa por delante de la otra persona. Pasaje obligado que engrandece el verdadero amor. Ahí descansa la grandeza del amor conyugal y al mismo tiempo, también su dificultad. Esto debe quedar muy claro, porque las palabras adornan los hechos, pero la realidad tiene un fondo riguroso y notarial. Amor compartido benevolente que es capaz de crear en nosotros. El otro no como objeto de placer, sino como propósito de amor de calidad. Reciprocidad verdadera en donde uno apuesta por el otro y le dice que va a esforzarse por darle lo mejor que tiene. Es un amor moral, porque destila el arte de vivir con dignidad, usando la libertad del mejor modo. +Este era el punto a donde quería llegar.

    Frente a la física del amor se eleva la metafísica: escuela de perfección bilateral, vinculada y subordinada a la alegría, al gozo y al sufrimiento compartidos.

    El amor de concupiscencia tiene en el deseo sexual y en la atracción física su expresión más patente. Y tiene que ser así. Una atracción psicológica que no se acompañara de la física, estaría quebrada, sería incompleta y por tanto, no conduciría a la creación de un nosotros. La tendencia sexual pertenece a la esencia misma del amor humano. El impulso sexual se materializa del mejor modo a través del amor auténtico. No se reduce a la satisfacción de las tendencias biológicas, sino que engloba también a la psicológica y a las espirituales. Tiene, en el momento del acto sexual, la presidencia del ímpetu instintivo, pero dirigido a la persona, no a su cuerpo. En la conciencia psicológica de ese sujeto hay una idea clara: no se queda sólo en el mero goce, no se agota ahí, sino que va más allá, apunta hacia una cierta excelencia. Por eso, para que un amor sea verdadero, la persona tiene que buscar el bien del otro, no instrumentalizarlo; si no, se convertirá en una relación egoísta, que puede ser calificada de amor, pero que está muy lejos de su hondo significado. Hay ahí una frontera sedosa y lábil que si no se cuida, a la larga esas relaciones tienen un final desgraciado. Cuando esas personas se miran a la cara, de tú a tú, descubren la falsedad del fondo, aunque quieran con las palabras cambiar los hechos. El ser humano es capaz de mentirse a sí mismo, pero en todas las biografías emergen momentos de sinceridad, que se ponen de pie y ponen sobre la mesa la verdad íntima que anida en esas personas.

    • Inicia sesión para responder preguntas
¿Aún tienes preguntas? Pregunta ahora para obtener respuestas.