¿Q es una tragedia existencial alguien me puede hacer un ejemplo? es urgente?

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  • hace 1 década
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    La tragedia es un género literario heredado de la cultura griega clásica que fue adoptando en la cultura occidental distintas manifestaciones estético-formales, con particular significación en los orígenes del romanticismo. Es menester destacar que más allá de sus aspectos filológico-críticos, también lo trágico ofició alegóricamente como clave de interpretación de los dramas históricos reales. De ese modo fue asumiendo una función simbólica de desciframiento por parte de distintos filósofos modernos, europeos y también del ámbito latinoamericano. Desde un punto de vista más bien historiográfico-intelectual, aquí nos centraremos en dos figuras argentinas, Carlos Astrada (1896-1970) y Bernardo Canal Feijóo (1898-1982), quienes imprimieron a sus reflexiones una profunda y decisiva inflexión americanista, y supieron proyectar la sabiduría de la forma trágica a los problemas sustanciales de nuestras comunidades de vida. Antes nos anoticiaremos, a título preliminar, de una sumaria caracterización conceptual del contenido de significado de la tragedia.

    En su Ensayo sobre el fundamento metafísico de la tragedia griega (1946), Rodolfo Agoglia partía de Nietzsche al momento de indagar el sentido filosófico-existencial del drama griego, en el cual veía una síntesis dionisíaco-apolínea. Lo dionisíaco se revela en la autorreflexión del sujeto en desgracia. Lo apolíneo aparece con la sanción y el castigo que los dioses hacen recaer sobre quienes, a sabiendas o no, con su acción infringen los límites cósmicamente establecidos y quebrantan la legalidad del ser. En el drama clásico, el aspecto ético es apolíneo, en tanto el mal se representa en la indeterminación dionisíaca, en el caos de la naturaleza como ser nocturno, y el bien se asocia al orden racional, al logos como ser lumínico. Debido al principio de apolinización progresiva de las formas de la cultura griega, es decir, de su racionalización, la tragedia alcanza en Sófocles su transición característica, hasta consumarse con Eurípides como último gran autor del drama heleno. En Sófocles, observa Agoglia, el sufrimiento compensa objetivamente todo desquicio en el ordenamiento ético del cosmos y subjetivamente trae, con la purificación del héroe, su salvación eterna. Últimamente, la profesa Victoria Juliá (2006) enseña que la tragedia clásica puede comprenderse en torno de la noción de pathos, que en griego tiene no sólo la connotación de pasión con que llegará a nosotros a través del latín passio, sino de un padecimiento cuya especificidad lo enlaza con experiencias de sufrimiento y desgarramiento en situaciones límites, y la consiguiente posibilidad de aprender de los extremos del dolor y las acciones funestas. Si la definición aristotélica, y por lo tanto clásica, de tragedia remite a una representación dramática que por medio de la compasión y el miedo provoca la kátharsis, la expurgación de dichas afecciones y la purificación del público, la profesora Juliá precisa que su función litúrgica pone en juego pasiones, afectos o reacciones humanas acotadas por el límite que impone el destino.

    Lo cierto es que la experiencia de la tragedia no nos llega sólo por una vía conceptual. Su demudado rostro no tarda en hacernos frente. Toca a nuestra puerta cotidianamente, a veces sólo para anunciarse, otras para tomarnos del cuello y, en un arrebato, llevarnos con ella, tragándonos en su torbellino. Para volver a recogerse luego entre las páginas de los textos. Al punto que aún en el sosiego de una sala de lectura, la tragedia emerge de las páginas de ciertos libros, como en una procesión de fantasmas. Más aún cuando esos espectros se quieren el rostro de un país o de un continente. Por ejemplo, el Martín Fierro. El filósofo cordobés Carlos Astrada y el ensayista santiagueño Bernardo Canal Feijóo dispusieron de una comprensión trágica en su recepción del poema gauchesco de José Hernández. Fueron más allá del alegato criollista de reivindicación social, de la denuncia del gaucho paria oprimido por el Estado, tanto como del relato de una universal condición humana templada por el coraje, la desdicha y el individualismo heroico. Esos ingredientes narrativos son repotenciados por Astrada, esencialista declarado y sistemático, quien acentúa la elevación épica del gaucho a ideal cívico y rebasa a Leopoldo Lugones por medio de una restauración ontológica del mito. Canal Feijóo también se resiste a la liquidación liberal del mito, pero se sustrae a la esencialización de la gauchesca, sin incidir con ello en la condenación moral y la relativización histórica, como sucede en Martínez Estrada o en Borges. Carlos Astrada nos ofrece la más radical y estilizada, además de entusiasta y celebratoria, lectura del Martín Fierro, y en este sentido, puede decirse que, luego de su contribución, no hemos asistido ya a una interpretación de tan acusadas pretensiones metafísicas y políticas conferidas al contenido mitopoético de la gauchesca. Bernardo Canal Feijóo traspasa críticamente los lími

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