¿Necesito un resumen del cuento "Reloj sin dueño" muy pronto?

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  • hace 1 década
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    Aquella noche, mi deambular por ese pub al que suelo acuGOLPEANsqueda de aventuras de sexo casual, no pasó desapercibido por la mirada larga e intensa que me dedicó al pasar yo a su lado. Confieso que las miradas me matan, ciegan mi voluntad más que ningún otro reclamo físico. En aquel primer instante, no reparé en cómo iba vestido, ni en cómo se movía, ni siquiera en cuál podría ser su edad. Me bastó esa mirada certera, cargada de deseo, para a su vez provocar el mío, sin ir más allá de sus ojos. No siempre lo pienso, pero en aquel momento, supe que terminaríamos en la cama. La verdad es que no hicieron falta muchas palabras. El acercamiento fue más de piel. Pero suficiente para reparar en su edad, como poco, unos 15 años más que yo, y su aspecto, excesivamente remilgado y ****, nada acorde con el mío, o con el de los chicos en los que me suelo fijar. Pero tras una mirada así, todo eso estaba ya de más. Recuerdo la sensación de zambullida en su perfume, en mi primer acercamiento a su boca. Usaba uno de esos perfumes caros, de esos capaces de transformarse según la piel de quien lo usa. Era agradable, si bien excesivo. Pero recuerdo que pensé que al menos, para elegir aroma, sí tenía buen gusto. De camino a mi casa, en su coche, también descubrí que su voz me excitaba; grave, pero con una entonación delicada, que sonaba con deseo en mis oídos. Su brazo, que acaricié disimuladamente mientras sujetaba el volante, se adivinaba terso y definido. Se veía que hacía gimnasio a diario, pero sólo lo necesario para dar al cuerpo un contorno sutil y mantener el cansancio muscular del paso de los años. Nada más caer sobre las sábanas, su forma física dejó constancia evidente no sólo de dureza, sino de flexibilidad, que supo acompañar de una imaginación insultantemente morbosa. Usando por momentos cada centímetro cuadrado de la cama, navegando y dejándose navegar por una piel que se nos perdía en las manos.

    Hay cuerpos que se dejan caer en el placer y otros, que se entregan. Y esa entrega es rotunda, sin barreras, como en la más ciega de las inmersiones. Cuando dos cuerpos se entregan sin contrapartida al deseo sin límite, el sexo se hace aún más razón de vida, y la noche, que observa, el único escenario que merece la pena. Repetimos al terminar, en una sucesión de besos tras el orgasmo, que llevó a una nueva erección sobre la piel aún húmeda. Y así dos veces más, en un exhausto juego de frenético placer, casi onírico, que nos abandonó en un sueño de sudor sobre la boca y su lengua olvidada en la mía. Desperté y él ya estaba vistiéndose. El trato implícito desde el inicio era jugar a ser desconocidos, y desaparecer después en la noche. La noche se había hecho mañana, pero la regla era compartida, a pesar de nuestra confesión de que la noche nos había gustado mucho a los dos. No quiso desayunar. Demasiadas palabras, imagino. Yo, ya solo, tomé un café saboreándolo a fondo, con la sensación de la noche desmedida de sexo aún sobre los músculos, y me volví a la cama.

    Al despertar lo descubrí. Estaba sobre la mesilla, pero no había reparado en él en toda la noche. Grande y elocuente, un reloj de marca. Con correa de tela, de un color beige, de la que emanaban aún los efluvios del perfume. Mi primer pensamiento fue el de la imposibilidad que tenía de poderme poner en contacto con él. Ni teléfono , ni dirección, nada. Él tampoco tenía el mío, pero sí que sabía dónde vivía. Quizá no tendría el valor de presentarse en casa para recuperarlo. Era una situación extraña, un indefinible guiño del destino, no sé bien si para él o para mí. Los días pasaron y nada sucedió. El reloj pasó a formar parte del fondo del segundo cajón de la mesilla de noche, que ahora, cada vez que abría, dejaba alcanzar a mi olfato un suave resto de perfume. Pasaron las semanas. Volví al pub varias veces, pero nunca lo encontré de nuevo. Quizá no era de aquí, quizá sólo estaba de paso ¿Debería apropiarme de él? Sí, tómalo y úsalo, me decía a mí mismo. Es curioso, sigue oliendo, débilmente, a su perfume. No, no podía, mientras siguiera oliendo no. Además, a mí no me gustan esos relojes tan grandes de muñeca. Y siempre volvía a su fondo de cajón.

    Hace unos días, al sacar las cosas del cajón para la mudanza de mi piso, lo he vuelto a encontrar... Ya casi no me acordaba de aquel reloj. He sonreído al verlo. Lo primero que he hecho es llevarlo bajo la nariz, pero no, ya no huele a nada. Han pasado más de cinco años, calculo. Ahora no me parece tan grande como entonces. Ni siquiera tan pretencioso. Me lo ajusto a la muñeca y se adapta perfectamente a su perímetro, y a mi piel. Creo que voy a probarlo, me he dicho. Y así hasta ayer... No recuerdo muy bien cómo terminé en ese bar nuevo, alguien me convenció porque parece que está muy de moda ahora. Me pareció que el público era bastante joven... Los universitarios cada vez me parecen más atractivos. Y más directos. En sólo diez minutos, ya tenía a un par detrás de mí en la pista de baile. En realidad ya me había f

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