Anónimo
Anónimo preguntado en Arte y humanidadesHistoria · hace 1 década

¿Explique para que consiste el poema "Vuelta a la Patria" Juan Antonio Pérez Bonalde!! Urgente?

Porfavor diganme un consepto con sus propias palabras y un poco largo!!

Actualización:

Afff yo no estoy pediendo q me den el Poema, Estoy pidiento q un concepto de q consiste el Poema!! -_-

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  • Anónimo
    hace 1 década
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    ¡Tierra!, grita en la proa el navegante

    y confusa y distante,

    una línea indecisa

    entre brumas y ondas se divisa;

    poco a poco del seno

    destacándose va del horizonte,

    sobre el éter sereno,

    la cumbre azul de un monte;

    y así como el bajel se va acercando,

    va extendiéndose el cerro

    y unas formas extrañas va tomando;

    formas que he visto cuando

    soñaba con la dicha en mi destierro.

    Ya la vista columbra

    las riberas bordadas de palmares

    y una brisa cargada con la esencia

    de violetas silvestres y azahares,

    en mi memoria alumbra

    el recuerdo feliz de mi inocencia,

    cuando pobre de años y pesares,

    y rico de ilusiones y alegría,

    bajo las palmas retozar solía

    oyendo el arrullar de las palomas,

    bebiendo luz y respirando aromas.

    Hay algo en esos rayos brilladores

    que juegan por la atmósfera azulada,

    que me habla de ternuras y de amores

    de una dicha pasada,

    y el viento al suspirar entre las cuerdas,

    parece que me dice: « ¿no te acuerdas?».

    Ese cielo, ese mar, esos cocales,

    ese monte que dora

    el sol de las regiones tropicales...

    ¡Luz, luz al fin! Los reconozco ahora:

    son ellos, son los mismos de mi infancia,

    y esas playas que al sol del mediodía

    brillan a la distancia,

    ¡oh, inefable alegría,

    son las riberas de la patria mía!

    Ya muerde el fondo de la mar hirviente

    del ancla el férreo diente;

    ya se acercan los botes desplegando

    al aire puro y blando

    la enseña tricolor del pueblo mío.

    ¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga,

    o se adueña de mi alma el desvarío!

    Llevado en alas de mi ardiente anhelo,

    me lanzo presuroso al barquichuelo

    que a las riberas del hogar me invita.

    Todo es grata armonía; los suspiros

    de la onda de zafir que el remo agita;

    de las marinas aves

    los caprichosos giros;

    y las notas suaves,

    y el timbre lisonjero,

    y la magia que toma

    hasta en labios del tosco marinero,

    el dulce son de mi nativo idioma.

    ¡Volad, volad, veloces,

    ondas, aves y voces!

    Id a la tierra en donde el alma tengo,

    y decidle que vengo

    a reposar, cansado caminante,

    del hogar a la sombra un solo instante.

    Decidle que en mi anhelo, en mi delirio

    por llegar a la orilla, el pecho siente

    dulcísimo martirio;

    decidle, en fin, que mientras estuve ausente,

    ni un día, ni un instante hela olvidado,

    y llevadle este beso que os confío,

    tributo adelantado

    que desde el fondo de mi ser le envío.

    ¡Boga, boga, remero, así llegamos!

    ¡Oh, emoción hasta ahora no sentida!

    ¡Ya piso el santo suelo en que probamos

    el almíbar primero de la vida!

    Tras ese monte azul cuya alta cumbre

    lanza reto de orgullo

    al zafir de los cielos,

    está el pueblo gentil donde, al arrullo

    del maternal amor, rasgué los velos

    que me ocultaban la primera lumbre.

    ¡En marcha, en marcha, postillón, agita

    el látigo inclemente!

    Y a más andar, el carro diligente

    por la orilla del mar se precipita.

    No hay peña ni ensenada que en mi mente

    no venga a despertar una memoria,

    ni hay ola que en la arena humedecida

    con escriba con espuma alguna historia

    de los alegres tiempos de mi vida.

    Todo me habla de sueño y cantares,

    de paz, de amor y de tranquilos bienes,

    y el aura fugitiva de los mares

    que viene, leda, a acariciar mis sienes.

    me susurra al oído

    con misterioso acento: «Bienvenido».

    Allá van los humildes pescadores

    las redes a tender sobre la arena;

    dichosos, que no sienten los dolores

    ni la punzante pena

    de los que lejos de la patria lloran;

    infelices que ignoran

    la insondable alegría

    de los que tristes del hogar se fueron

    y luego, ansiosos, al hogar volvieron.

    Son los mismos que un día,

    siendo niño, admiraba yo en la playa,

    pensando, en mi inocencia,

    que era la humana ciencia,

    la ciencia de pescar con la atarraya.

    Bien os recuerdo, humildes pescadores,

    aunque no a mí vosotros, que en la ausencia

    los años me han cambiado y los dolores.

    Ya ocultándose va tras un recodo

    que hace el camino, el mar, hasta que todo

    al fin desaparece.

    Ya no hay más que montañas y horizontes,

    y el pecho se estremece

    al respirar, cargado de recuerdos,

    el aire puro de los patrios montes.

    De los frescos y límpidos raudales

    el murmullo apacible;

    de mis canoras aves tropicales

    el melodioso trino que resbala

    por las ondas del éter invisible;

    los perfumados hálitos que exhala

    el cáliz áureo y blanco

    de las humildes flores del barranco;

    todo a soñar convida,

    y con suave empeño,

    se apodera del alma enternecida

    la indefinible vaguedad de un sueño.

    Y rueda el coche, y detrás de él las horas

    deslízanse ligeras

    sin yo sentir, que el pensamiento mío

    viaja por el país de las quimeras,

    y sólo hallan mis ojos sin mirada

    los incoloros senos del vacío...

    De pronto, al descender de una hondonada,

    «¡Caracas, allí está!», dice el auriga,

    y súbito el espíritu despierta

    ante la dicha cierta

    de ver la tierra amiga.

    ¡Caracas allí está; sus techos rojos,

    su blanca torre, sus azules lomas,

    y sus bandas de tímidas palomas

    hacen nublar de lágrimas mis ojos!

    Caracas allí está; vedla tendida

    a las faldas del Ávila empinado,

    Odalisca rendida

    a los pies del Sultán enamorado.

    Hay fiesta en el espacio y la campaña,

    fiesta de paz y amores:

    acarician los vientos la montaña;

    del bosque los alados trovadores

    su dulce canturía

    dejan oír en la alameda umbría;

    los menudos insectos de las flores

    a los dorados pístilos se abrazan;

    besa el aura amorosa el manso Guaire,

    y con los rayos de luz se enlazan

    los impalpables átomos del aire.

    ¡Apura, apura, postillón, agita

    el látigo inclemente!

    ¡Al hogar, al hogar, que ya palpita

    por él mi corazón... Mas, no, detente!

    ¡Oh infinita aflicción, oh desgraciado

    de mí, que en mi soñar hube olvidado

    que ya no tengo hogar...! Para, cochero;

    tomemos cada cual nuestro destino;

    tú, al lecho lisonjero

    donde te aguarda la madre, el ser divino

    que es de la vida centro de alegría,

    y yo..., yo al cementerio

    donde tengo la mía.

    ¡Oh, insoluble misterio

    que trueca el gozo en lágrimas ardientes!

    ¿En dónde está, Señor, ésa tu santa

    infinita bondad, que así consientes

    junto a tanto placer, tristeza tanta?

    Ya no hay fiesta en los aires; ya no alegra

    la luz que el campo dora;

    ya no hay sino la negra

    pena cruel que el pecho me devora...

    ¡valor, firmeza, corazón no brotes

    todo tu llanto ahora, no lo agotes,

    que mucho, mucho que sufrir aún falta:

    ya no lejos resalta

    de la llanura sobre el verde manto

    la ciudad de las tumbas y del llanto;

    ya me acerco, ya piso

    los callados umbrales de la muerte,

    ya la modesta lápida diviso

    del angélico ser que el alma llora;

    ven, corazón, y vierte

    tus lágrimas ahora!

    Fuente(s): II Madre, aquí estoy: de mi destierro vengo a darte con el alma el mudo abrazo que no te pude dar en tu agonía; a desahogar en tu glacial regazo la pena aguda que en el pecho tengo y a darte cuenta de la ausencia mía. Madre, aquí estoy; en alas del destino me alejé de tu lado una mañana, en pos de la fortuna que para ti soñé desde la cuna; mas, ¡oh, suerte inhumana! hoy vuelvo, fatigado peregrino, y sólo traigo que ofrecerte pueda, esta flor amarilla del camino y este resto de llanto que me queda. Bien recuerdo aquel día, que el tiempo en mi memoria no ha borrado; era de marzo una mañana fría y cerraba los cielos el nublado. Tú en el lecho aún estabas, triste y enferma y sumergida en duelo, que, con alma de madre, contemplabas el hondo desconsuelo de verme separar de tu regazo. Llegó la hora despiadada y fiera, y con el pecho herido por dolor hasta entonces no sentido, fui a darte, madre, mis postrer abrazo y a recibir tu bendición postrera. ¡Quién entonces pensara que aquella voz angélica en mi oído nunca más resonara! Tú, dulce madre, tú, cuando infelice, dijiste al estrecharme contra el pecho: «Tengo un presentimiento que me dice que no he de verte más bajo este techo». Con un supremo esfuerzo desliguéme de los amantes lazos que me formaban en redor tus brazos, y fuera me lancé como quien teme morir de sentimiento. ¡Oh, terrible momento! Yo fuerte me juzgaba, mas, cuando fuera me encontré y aislado, el vértigo sentí del pajarillo que en jaula criado, se ve de pronto en la extensión perdido de las etéreas salas, sin saber dónde encontrará otro nido ni a dónde, torpes, dirigir sus alas. Desató el sollozar el nudo estrecho que ahogaba el corazón en su quebranto y se deshizo en llanto la tempestad que me agitaba el pecho. Después, la nave me llevó a los mares, y llegamos al fin, un triste día a una tierra muy lejos de la mía, donde en vez de perfumes y cantares, en vez de cielo y verdes palmas, hallé nieblas y ábregos, y un frío que helaba los espacios y las almas. Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte, mas suavizaba el sufrimiento impío, la esperanza de verte un tiempo no lejano al lado mío. ¡Ah del mortal ciego confía su ventura a la esperanza...! La ley universal cumplióse luego, y vi en el alma, presta, la mía disiparse, cual mira en lontananza torcer el rumbo en dirección opuesta el náufrago al bajel que vio acercarse. Bien recuerdo aquel día que el tiempo en mi memoria no ha borrado; era de marzo otra mañana fría, y los cielos cerraba otro nublado. Triste, enfermo y sin calma, en ti pensaba yo, cuando me dieron la noticia fatal que hirió mi alma. Lo sentí, decirlo no sabría... Sólo sé que mis lágrimas corrieron como corren ahora, madre mía. Después, al mundo me lancé, agitado, y atravesé océanos y torrentes, y recorrí cien pueblos diferentes, tenue vapor del huracán llevado, alga sin rumbo que la mar flagela, viento que pasa, pájaro que vuela. Mucho, madre, he adquirido, mucha experiencia y muchos desengaños, y también he perdido toda la fe de mis primeros años. ¡Feliz quien como tú ya en esta vida no tiene que luchar contra la suerte y puede reposar en la seguida inalterable calma de la muerte; sin ver ni padecer el mal eterno que nos hiere doquier con saña cruda, ni llevar en el pecho el frío interno de la indomable duda! ¡Feliz quien como tú, con altiveza reclinó para siempre la cabeza sobre los lauros del deber cumplido; cual la reclina, por la muerte herido, tras el combate rudo, risueño, el gladiador sobre su escudo! Esa, madre, es tu gloria y alta recompensa de tu historia, que el premio sólo del deber sagrado que impone el cristianismo está en el hecho mismo de haberlo practicado. Madre, voy a partir; mas parto en calma Y sin decirte adiós, que eternamente me habrás de acompañar en esta vida. Tú has muerto para el mundo indiferente, mas nunca morirás, madre del alma, para el hijo infeliz que no te olvida. Y fuera el paso nuevo, y desde su alto y celestial palacio, su brillo siempre nuevo derrama el sol por el cerúleo espacio... Ya lejos de los túmulos me encuentro, ya me retiro, solitario y triste; mas, ¡ay! ¿a dónde voy? ¡si no existe de hogar y madre el venturoso centro!... ¡A dónde? ¡A la corriente de la vida, a luchar con las ondas brazo a brazo hasta caer en su mortal regazo con el alma en paz y con la frente erguida! Mis palabras son: "No pretendo hacerte tu tarea" ¡¡vamos!!, no esta tan dificil.
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