¿10 puntos!¿porfavor,diganme enlaces o ustedes mismos INFORMACIÓN sobre LA CONQUISTA DEL POLO NORTE?

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  • hace 1 década
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    Casi un mes después de haber iniciado su travesía en el puerto de Nueva York, el vapor Roosevelt seguía rumbo al norte, costeando la parte occidental de Groenlandia. El comandante, Robert Edwin Peary, entornando los ojos bajo sus pobladas cejas, escudriñaba la costa en busca de señales conocidas. Frente a él, aquel lo. de agosto de 1908, muy al norte del círculo polar Ártico, avistó el saliente cubierto de nieve del cabo York.

    Parecía un lugar desierto, sin vida: sólo acantilados, según Peary, "cercados y custodiados por enormes escuadrones de témpanos flotantes". No obstante, al pie de los acantilados había un diminuto poblado esquimal. Al enfilar el Roosevelt a la playa, una partida de cazadores alborozados salió bogando en sus kayaks de piel de foca a recibir el vapor. "Eres como el sol, pues siempre regresas", dijo uno de ellos a Peary, a manera de saludo.

    Era verdad; en los 22 años transcurridos desde su primer viaje a Groenlandia, cuando había resuelto dedicar su vida a la exploración ártica, Peary había vuelto a aquellos parajes helados y desiertos siete veces. Dos de ellas lo había acompañado su esposa, Josephine, primera mujer que pasó un invierno en el Ártico. En su segunda expedición, Josephine había dado a luz a su hija, Marie Ahnighito, la "nena de nieve", el primer ser humano blanco nacido en latitudes tan septentrionales.

    Al principio, los móviles de Peary habían sido puramente científicos: explorar el interior del casquete helado de Groenlandia y trazar el mapa de las ignotas costas de las islas del remoto norte. Pero desde su niñez lo habían obsesionado sueños de gloria, y gradualmente sus móviles científicos cedieron ante otro más imperioso: ser el primer hombre que pusiera la planta en el polo Norte.

    En su más reciente expedición, hecha entre 1905 y 1906, casi lo había logrado. Estaba a 174 millas náuticas del polo cuando tuvo que regresar. Fue lo más cerca que hombre alguno hubiese llegado a aquella meta huidiza. Pero esto no era un gran consuelo para Peary. Al comentar posteriormente la expedición, escribió: "Me pareció que la historia de mi vida ya estaba escrita, y que la palabra fracaso se hallaba estampada en ella."

    Pero allí estaba ahora, otra vez en Groenlandia, dispuesto a intentarlo de nuevo. Se daba cuenta de que sería su última oportunidad de llegar al polo. A los 52 años de edad ya no era joven, y dos decenios de luchar con los elementos en el Ártico habían hecho estragos en él. Aunque aún era esbelto y atlético, tenía el rostro curtido y surcado por profundas arrugas. Empezaba a envanecerle el rojizo cabello. Sus años en el Ártico se reflejaban incluso en su peculiar modo de andar: en una de las expediciones se le habían congelado los pies, y hubo necesidad de amputarle todos los dedos, menos dos.

    Pero su experiencia era mayor que la de cualquier otro explorador del Ártico, y él consideraba la experiencia como el mejor recurso del explorador. Además, nunca había llegado al remoto norte tan bien preparado para afrontar las dificultades de la exploración polar. El Roosevelt, que ya tenía en su haber un viaje por el Ártico, se había reacondicionado y era más potente que nunca. Peary mismo había diseñado el fuerte barco de 56 metros de eslora, no sólo para que soportara la tremenda pre sión de los témpanos flotantes, pues sus muy reforzados costados de madera tenían un espesor de 76.20 cm, sino para abrirse paso diestramente por estrechos corredores, entre las enormes moles de hielo. Llevaba velas para casos de urgencia, pero la principal fuerza impulsara provenía de sus grandes máquinas de vapor, lo bastante potentes para hacer de la nave un ariete flotante, un rompehielos que pudiera partir la masa congelada.

    Su tripulación, la mejor que se hubiese escogido hasta entonces, estaba integrada por varios hombres que ya le habían acompañado en expediciones anteriores, entre ellos, su ayudante, Matthew Henson, explorador de raza negra que le había secundado en casi todas sus proezas en el Ártico en los últimos 18 años. Además, el conocimiento que tenía Peary de los pobladores de] Ártico le permitiría escoger a los mejores de los que llamaba cariñosamente "mis esquimales", para cuando emprendiera la marcha por el mar congelado hasta el polo.

    Después de hacer una breve escala en el cabo Yo para recoger a unas cuantas familias de esquimales perros de tiro, el Roosevelt siguió hacia el norte, e iba deteniéndose aquí y allá para embarcar hombres. El 18 de agosto el barco iba abarrotado con el equipo completo que habría de pasar el invierno con Peary: 69 seres humanos, de ellos 49 esquimales, y 246 perros. Peary anotó lacónicamente: "El Roosevelt, como siempre, iba cargado casi hasta el tope." Además de la bullente vida humana y de los perros, que no dejaban de ladrar, en las cubiertas estaban amontonadas 300 toneladas de carbón, 70 toneladas de carne de ballena y la carne de unas 50 morsas. Bajo las cubiertas, entre las provisiones traída

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