necesito comentarios personales algo larguitos sobre la fabula de polifemo y galatea?

es que necesito esos comentarios porque no me queda tiempo de leer esa fabula...me tengo que leer toda la celestina

gracias a todos

Colombia es pasion

2 respuestas

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  • hace 1 década
    Respuesta preferida

    La Fábula de Polifemo y Galatea (1612) narra mediante la estrofa octava real un episodio mitológico de las Metamorfosis de Ovidio, el de los amores del cíclope Polifemo por la ninfa Galatea, que le rechaza. Al final, Acis, el enamorado de Galatea, queda convertido en río. Se ensaya ahí ya el complejo y difícil estilo culterano, lleno de simetrías, transposiciones, metáforas de metáforas o metáforas puras, hipérbaton, perífrasis, giros latinos, cultismos, alusiones y elusiones de términos, procurando sugerir más que nombrar y dilatando la forma de manera que el significado se desvanezca a medida que va siendo descifrado.

    En sus poesías se solían distinguir dos períodos: el tradicional, en que hace uso de los metros cortos y temas ligeros. Para ello usaba décimas, romances, letrillas, etc. Este período iba hasta el año 1610, en que cambiaba rotundamente para volverse culterano, haciendo uso de metáforas difíciles, muchas alusiones mitológicas, cultismos, hipérbatos, etc.; pero Dámaso Alonso demostró que estas dificultades estaban ya presentes en su primera época y que la segunda es solamente una intensificación de estos recursos realizada por motivos estéticos.

    la fabula es esta

    FÁBULA DE POLIFEMO Y GALATEA

    Al Conde de Niebla

    Estas que me dictó, rimas sonoras,

    Culta sí aunque bucólica Talía,

    Oh excelso Conde, en las purpúreas horas

    Que es rosas la alba y rosicler el día,

    Ahora que de luz tu niebla doras,

    Escucha, al son de la zampoña mía,

    Si ya los muros no te ven de Huelva

    Peinar el viento, fatigar la selva.

    Templado pula en la maestra mano

    El generoso pájaro su pluma,

    O tan mudo en la alcándara, que en vano

    Aun desmentir el cascabel presuma;

    Tascando haga el freno de oro cano

    Del caballo andaluz la ociosa espuma;

    Gima el lebrel en el cordón de seda,

    Y al cuerno al fin la cítara suceda.

    Treguas al ejercicio sean robusto,

    Ocio atento, silencio dulce, en cuanto

    Debajo escuchas de dosel augusto

    Del músico jayán el fiero canto.

    Alterna con las Musas hoy el gusto,

    Que si la mía puede ofrecer tanto

    Clarín —y de la Fama no segundo—,

    Tu nombre oirán los términos del mundo.

    I

    Donde espumoso el mar sicilïano

    El pie argenta de plata al Lilibeo,

    Bóveda o de las fraguas de Vulcano

    O tumba de los huesos de Tifeo,

    Pálidas señas cenizoso un llano,

    Cuando no del sacrílego deseo,

    Del duro oficio da. Allí una alta roca

    Mordaza es a una gruta de su boca.

    Guarnición tosca de este escollo duro

    Troncos robustos son, a cuya greña

    Menos luz debe, menos aire puro

    La caverna profunda, que a la peña;

    Caliginoso lecho, el seno obscuro

    Ser de la negra noche nos lo enseña

    Infame turba de nocturnas aves,

    Gimiendo tristes y volando graves.

    De este, pues, formidable de la tierra

    Bostezo, el melancólico vacío

    A Polifemo, horror de aquella sierra,

    Bárbara choza es, albergue umbrío

    Y redil espacioso donde encierra

    Cuanto las cumbres ásperas cabrío,

    De los montes esconde: copia bella

    Que un silbo junta y un peñasco sella.

    Un monte era de miembros eminente

    Este que —de Neptuno hijo fiero—

    De un ojo ilustra el orbe de su frente,

    Émulo casi del mayor lucero;

    Cíclope a quien el pino más valiente

    Bastón le obedecía tan ligero,

    Y al grave peso junco tan delgado,

    Que un día era bastón y otro cayado.

    Negro el cabello, imitador undoso

    De las oscuras aguas del Leteo,

    Al viento que lo peina proceloso

    Vuela sin orden, pende sin aseo;

    Un torrente es su barba, impetuoso

    Que —adusto hijo de este Pirineo—

    Su pecho inunda— o tarde, o mal, o en vano

    Surcada aun de los dedos de su mano.

    No la Trinacria en sus montañas, fiera

    Armó de crueldad, calzó de viento,

    Que redima feroz, salve ligera

    Su piel manchada de colores ciento:

    Pellico es ya la que en los bosques era

    Mortal horror al que con paso lento

    Los bueyes a su albergue reducía,

    Pisando la dudosa luz del día.

    Cercado es, cuando más capaz más lleno,

    De la fruta, el zurrón, casi abortada,

    Que el tardo otoño deja al blando seno

    De la piadosa yerba encomendada:

    La serva, a quien le da rugas el heno;

    La pera, de quien fue cuna dorada,

    La rubia **** y —pálida turora—

    La niega avara y pródiga la dora.

    Erizo es, el zurrón, de la castaña;

    Y —entre el membrillo o verde o datilado—

    De la manzana hipócrita, que engaña,

    A lo pálido no, a lo arrebolado,

    Y de la encina honor de la montaña,

    Que pabellón al siglo fue dorado,

    El tributo, alimento, aunque grosero,

    Del mejor mundo, del candor primero.

    Cera y cáñamo unió —que no debiera—

    Cien cañas, cuyo bárbaro rüido,

    De más ecos que unió cáñamo y cera

    Albogues, duramente es repetido.

    La selva se confunde, el mar se altera,

    Rompe Tritón su caracol torcido,

    Sordo huye el bajel a vela y remo:

    ¡Tal la música es de Polifemo!

    Ninfa, de Doris hija, la más bella,

    Adora, que vio el reino de la espuma.

    Galatea es su nombre, y dulce en ella

    El terno Venus de sus Gracias suma.

    Son una y otra luminosa estrella

    Lucientes ojos de su blanca pluma:

    Si roca de cristal no es de Neptuno,

    Pavón de Venus es, cisne de Juno.

    Purpúreas rosas sobre Galatea

    La Alba entre lilios cándidos deshoja:

    Duda el Amor cuál más su color sea,

    O púrpura nevada, o nieve roja.

    De su frente la perla es, eritrea,

    Émula vana. El ciego dios se enoja,

    Y, condenado su esplendor, la deja

    Pender en oro al nácar de su oreja.

    Invidia de las ninfas, y cuidado

    De cuantas honra el mar deidades, era;

    Pompa del marinero niño alado

    Que sin fanal conduce su venera.

    Verde el cabello, el pecho no escamado,

    Ronco sí, escucha a Glauco la ribera

    Inducir a pisar la bella ingrata,

    En carro de cristal, campos de plata.

    Marino joven, las cerúleas sienes,

    Del más tierno coral ciñe Palemo,

    Rico de cuantos la agua engendra bienes,

    Del Faro odioso al promontorio extremo;

    Mas en la gracia igual, si en los desdenes

    Perdonado algo más que Polifemo,

    De la que, aún no le oyó, y, calzada plumas,

    Tantas flores pisó como él espumas.

    Huye la ninfa bella: y el marino

    Amante nadador, ser bien quisiera,

    Ya que no áspid a su pie divino,

    Dorado pomo a su veloz carrera;

    Mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal fino

    La fuga suspender podrá ligera

    Que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra

    Delfín que sigue en agua corza en tierra!

    Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,

    Copa es de Baco, huerto de Pomona:

    Tanto de frutas ésta la enriquece,

    Cuanto aquél de racimos la corona.

    En carro que estival trillo parece,

    A sus campañas Ceres no perdona,

    De cuyas siempre fértiles espigas

    Las provincias de Europa son hormigas.

    A Pales su viciosa cumbre debe

    Lo que a Ceres, y aún más, su vega llana;

    Pues si en la una granos de oro llueve,

    Copos nieva en la otra mil de lana.

    De cuantos siegan oro, esquilan nieve,

    O en pipas guardan la exprimida grana,

    Bien sea religión, bien amor sea,

    Deidad, aunque sin templo, es Galatea.

    Sin aras, no: que el margen donde para

    Del espumoso mar su pie ligero,

    Al labrador, de sus primicias ara,

    De sus esquilmos es al ganadero;

    De la Copia a la tierra poco avara

    El cuerno vierte el hortelano, entero,

    Sobre la mimbre que tejió prolija,

    Si artificiosa no, su honesta hija.

    Arde la juventud, y los arados

    Peinan las tierras que surcaron antes,

    Mal conducidos, cuando no arrastrados,

    De tardos bueyes cual su dueño errantes;

    Sin pastor que los silbe, los ganados

    Los crujidos ignoran resonantes

    De las hondas, si en vez del pastor pobre

    El céfiro no silba, o cruje el robre.

    Mudo la noche el can, el día dormido

    De cerro en cerro y sombra en sombra yace.

    Bala el ganado; al mísero balido,

    Nocturno el lobo de las sombras nace.

    Cébase —y fiero deja humedecido

    En sangre de una lo que la otra pace.

    ¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,

    El silencio del can siga y el sueño!

    La fugitiva Ninfa en tanto, donde

    Hurta un laurel su tronco al Sol ardiente,

    Tantos jazmines cuanta yerba esconde

    La nieve de sus miembros da una fuente.

    Dulce se queja, dulce le responde

    Un ruiseñor a otro, y dulcemente

    Al sueño da sus ojos la armonía,

    Por no abrasar con tres soles el día.

    Salamandria del Sol, vestido estrellas,

    Latiendo el Can del cielo estaba, cuando

    —Polvo el cabello, húmidas centellas,

    Si no ardientes aljófares, sudando—

    Llegó Acis, y de ambas luces bellas

    Dulce Occidente viendo al sueño blando,

    Su boca dio, y sus ojos, cuanto pudo,

    Al sonoro cristal, al cristal mudo.

    Era Acis un venablo de Cupido,

    De un Fauno —medio hombre, medio fiera—,

    En Simetis, hermosa Ninfa, habido;

    Gloria del mar, honor de su ribera.

    El bello imán, el ídolo dormido,

    Que acero sigue, idólatra venera,

    Rico de cuanto el huerto ofrece pobre,

    Rinden las vacas y fomenta el robre.

    El celestial humor recién cuajado

    Que la almendra guardó, entre verde y seca,

    En blanca mimbre se lo puso al lado

    Y un copo, en verdes juncos, de manteca;

    En breve corcho, pero bien labrado,

    Un rubio hijo de una encina hueca,

    Dulcísimo panal, a cuya cera

    Su néctar vinculó la primavera.

    Caluroso, al arroyo da las manos,

    Y con ellas, las ondas a su frente,

    Entre dos mirtos que —de espuma canos—,

    Dos verdes garzas son de la corriente.

    Vagas cortinas de volantes vanos

    Corrió Favonio lisonjeramente,

    A la de viento, cuando no sea cama

    De frescas sombras, de menuda grama.

    La Ninfa, pues, la sonora plata

    Bullir sintió del arroyuelo apenas,

    Cuando —a los verdes márgenes ingrata—

    Segur se hizo de sus azucenas.

    Huyera... mas tan frío se desata

    Un temor perezoso por sus venas,

    Que a la precisa fuga, al presto vuelo

    Grillos de nieve fue, plumas de hielo.

    Fruta en mimbre halló, leche exprimida

    En juncos, miel en corcho, mas sin dueño;

    Si bien al dueño debe, agradecida,

    Su deidad culta, venerado el sueño.

    A la ausencia mil veces ofrecida,

    Este de

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  • hace 1 década

    Christian:

    Lo que te dice la osita está muy bien...Dale los 10 puntos que se los merece. Qué pena que tengas tanto amontonado para tus tareas! Así no se estudia la Literatura...la idea es que la disfrutes!

    Y bueno: Colombia es pasión!!!!!!!

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