Anónimo
Anónimo preguntado en Educación y formaciónEducación Primaria y Secundaria · hace 1 década

¡¡Nesecito cuentos muy cortos navideños infantiles!!?

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  • Anónimo
    hace 1 década
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    EL LEGADO DE SARAGOSSE

    ¡Alto ahí! -dijo él, dejando deslizar la mano por las rugosidades uniformes de la canana y alcanzando subrepticiamente, con las yemas de sus dedos, la culata ebanizada (vestigio antiguo de otra forma de vida, dolorosa y nunca manifestada en sincero arrepentimiento) de su revólver-.

    ¡Alto ahí!, ¡Peter Missing!, -volvió a repetir él, mientras una ráfaga de viento solano atravesaba la calle del Foro, inundando su atmósfera de pesadas partículas de ignominia, como aquellas afrentas que recibió, un día remoto, en las entrañas del tiempo, al saber él que las cartas nunca había llegado, incluso después de la separación, a su destino-.

    El legado. El legado de Saragosse. Sintió rabia al leer aquellas notas manuscritas. Un halo de ternura cubrió su conciencia, una mueca de satisfacción recorrió su rostro cuando, recordando toda una vida proscrita, pudo ver tan cerca de su fin aquello que siempre había anhelado, aquello por lo que algunos hombres y mujeres habían dado su vida, en humilde sacrificio, retornando al purgatorio de la más inhumana soledad, dando cumplida satisfacción a toda una vida.

    No, no, el legado no sería nunca para Peter. Otros derechos, camuflados bajo el manto de la sabiduría -resituada en justo lugar- le podrían asistir, pero no ese, no la posesión del legado. Había alcanzado la meta. Creía que no podía haber otro heredero. No cabía más participación en el tesoro que, como santo grial, tanta sangre costó a unos y a otros. Ella pudo saber, más nunca con certeza, la historia de aquella afrenta. Vagas e inciertas noticias llegaron a sus oídos (adormecida como estaba por los vapores narcotizantes de la melancolía que roía, sin freno, su espíritu) en aquella noche, infausta, de enero -la misma en que ella hizo el único ademán realmente valeroso de toda su vida- cuando, recostada sobre la silla de terciopelo, y dejando caer su rizada y dorada melena sobre el escritorio, se dispuso a escribir aquella misiva "a quien corresponda"...

    Peter Missing, hijo de aquel hombre que, un día de primavera, llegó a la aldea (barrida por los glaciales vientos del olvido más absoluto) y cincuenta y dos años más tarde la abandonó, sin dar noticia de su ser, con la única intención de no regresar nunca más, ni a allí, ni a lugar alguno de la Tierra, -en rápida y serena transustanciación- , cometió el pecado, burló la más alta sensibilidad de aquél que, sin anhelar otra cosa, esperaba un signo de ella. Y cuando esa señal -efímera- llegó, él dijo: ¡YO LO QUIERO!.

    Un grito falaz que rasgó el éter y hundió su espada en el corazón de él. La afrenta se había producido.

    Ni siquiera, como hubiera debido corresponder a dama de tan alta cuna, ella consideró las relaciones, arcaicas ya, de vecindad. Los años dorados de la infancia, los juegos en el florido pensil, los tímidos y pubescentes escarceos amorosos de aquel tiempo soñado, nada, nada sirvió para que él, en el momento decisivo de su vida, pudiera alcanzar su iluminado favor.

    El consentimiento. ¡He aquí la palabra! -pensó él-. Nada pudo hacer por evitarlo. La vorágine de los acontecimientos se apoderaron de él y nada pudo hacer. El destino se adueñó de sus actos -y ciego de impotencia se acobardó aún más-. Él lo sabía. Conocía el precio del consentimiento. Nunca había sido un hombre de excesivo valor. Su hermano, aquél que nació cuando nadie lo había solicitado, conocía las debilidades más inconfesables de él. No dudó, no le tembló la voz -áspera y regurgitante- cuando le comunicó su decisión. Él se desplomó en el sillón atigrado -la vista se le nubló, los oídos le zumbaban, la piel le escocía de dolor- e imaginó, en ese mismo momento las consecuencias de tal decisión: la injuria.

    Peter Missing no era, recortado su perfil entre las líneas de la calle del Foro, sino una informe figura amedrentada y acosada por la tragedia de su osadía. Él apretó con fuerza las cachas del revólver, haciéndolas sudar, y sin dejar de mirarle a los ojos imaginó, milimétricamente, el devenir de los acontecimientos. Como su padre, Peter no pudo soportar la presión de la mirada, las miradas anónimas.

    A su entierro, en paupérrima procesión, no acudió ella. Él, por fin, tenía el legado de Saragosse en sus manos.

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    MINICUENTO

    Interrumpió abruptamente su ensoñación al percibir que ella lo miraba, y se puso en guardia esperando una molesta pregunta que no llegó. Ana le sonrió traviesa y le dijo: "Lo único que de verdad nos pertenece son las fantasías que se generan espontáneamente, sin esperarlas ni preverlas, como un regalo sin aniversario o como una premonición". Al principio se sintió libre y tranquilo, "por fin una mujer que no se empeña en conocer mis pensamientos, qué manía tienen de querer saberlo todo de uno". Pero cuando ella se perdía en su mundo intangible, él no paraba de interrumpirla porque no soportaba tenerla tan lejos. Ana contestaba distraída, lo miraba pero él no se sentía escuchado y no podía evitar comportarse como un niño impertinente. Llegó un momento en que todo lo que ella hacía le molestaba, y por muchas atenciones y mimos que le prodigara, siempre le parecía que una parte de ella no estaba. Ana cada vez reía menos, ya no se arreglaba, no desprendía calor, la piel cetrina, de sus ojos no asomaba la vida. Un día desapareció, dejando a Luis como legado una rara y permanente sensación de vacío en el estómago y una nota sobre la mesa:

    "Qué triste que en dos años nunca te interesaras por mis pensamientos, mis deseos, mis inquietudes".

    Ana.

    Para superar el vacío en el estómago Luis recurrió a la despensa, donde guardaba -en un lugar secreto- una buena provisión de Sugus. Una vez calmada su ansiedad, tuvo un acceso de esquizofrenia lúcida, viéndose de pronto a sí mismo como un niño perdido en un islote regado de papelitos de colores. La patética aunque dulce imagen le hizo sonreír, y por primera vez desde la lectura de la nota, se sintió bien. "No hay nada como reconocer que uno es un ****** -pensó- ¿a dónde podrá haber ido Ana?". Registró el piso como un loco buscando alguna señal que pudiera inspirarle un destino, pero no lo encontró. Se sumergió en un baño de agua y sal, como hacía Ana a veces para relajarse, y pronto comenzó a flotar, hasta que se sintió rodeado de aire puro, agua cristalina, palmeras, imágenes de arena blanca moteando rocas negras, calor... Qué bien se está aquí -pensó- con la de veces que reproché a Ana tanto gasto de agua y de tiempo ("¿Es que no puedes darte una ducha rápida, como todo el mundo?"), qué estúpido haber perdido la oportunidad de disfrutar esto juntos, de imaginar que estamos... ¡en las Seychelles!. Luis saltó de la bañera con la agilidad del hombre que abre su mente para captar imágenes de ensoñaciones ajenas y recordó las islas que ella había mencionado en alguna ocasión. Recordó también cómo le había molestado que Ana deseara ir tan lejos ("Con lo bonitas que son nuestras playas, qué manía de ir tan lejos, esas absurdas revistas femeninas la están volviendo caprichosa"), tan lejos como su propia mirada de niña abatida, desilusionada por no haber recibido el día de Reyes todos los regalos de su larga lista, escrita con tanto esmero...

    En el aeropuerto no quisieron darle ninguna información sobre Ana, pero decidió arriesgarse y volar hasta las famosas islas. Una vez allí, preguntándose aún cómo había sido capaz de soportar tantas horas sin poner pie en tierra, comenzó su periplo por los innumerables hoteles, repitiendo con dificultad sus deseos en idioma extraño, apenas lo entendían esos recepcionistas amables pero esquivos, qué difícil resultaba conseguir que consultaran la lista de hospedados, él sólo quería encontrar a Ana. En uno de aquellos hoteles una chica lo miró de forma extraña, pero esa mirada le resultó conocida -"cómo me recuerda a Ana"-, pensaba mientras se dirigía a ella, desesperado, el paso vacilante, qué amable aquella chica que supo reconocer al hombre enamorado en la zozobra de sus ojos. "¿Cómo es Ella?", preguntó la chica de nombre impronunciable. "Como tú, pero más alta", siguió describiendo a Ana en aquel idioma que no dominaba con una facilidad inusitada, a medida que hablaba de ella se le animaban los ojos, su voz se volvía más grave, más dulce, no podía dejar de hablar de Ella, llegó un momento en que todas las personas del hotel dejaron de entrar y salir, para pararse a escuchar al hombre enamorado. Ana no perdía detalle desde la escalera, repentinamente Luis comenzó a oír una risa que era música, dejó de sentir frío, y sus ojos lo llevaron hasta la imagen de su reina morena, que lo miraba, ¡de qué forma lo miraba!.

    NAVIDAD O VANIDAD

    El 25 de diciembre de 2001 los calendarios de medio mundo sufrieron una metamorfosis incomprensible para la mayoría de los habitantes del planeta. El número 25 aparecía como de costumbre, en gran tamaño y coloreado de rojo, pero en su parte inferior no era NAVIDAD lo que podía leerse, sino algo muy diferente: VANIDAD. Todos los que fueron testigos de aquel fenómeno se rascaron la cabeza al mismo tiempo, como si de una instrucción genética se tratase, aunque nadie supo hallar una respuesta razonable al enigma, lo cual, por otro lado, era lógico, puesto que nada tiene que ver el mundo de los humanos con el de las letras del abecedario.

    Todo comenzó a principios de diciembre, cuando la proximidad de las fiestas navideñas impregnaba el ambiente. Durante la primera semana de mes se celebró el último Congreso Alfabético del año, y fue allí donde se gestó el germen de la revolución. "Queridas compañeras", dijo la I cuando le fue otorgado el turno de palabra, "he de manifestar mi más enérgica protesta ante la situación actual. Formo parte de una palabra que ha perdido su contenido, y me niego a seguir el juego. Yo dimito de la palabra NAVIDAD". Las 26 letras asistentes al congreso (la W se encontraba ausente, pues había sido invitada a un congreso de ideogramas japoneses) emitieron murmullos de aprobación las unas y de indignación las otras, mientras que la Z se limitaba a bostezar sonoramente recostada en su sillón. "Para reforzar mi postura y demostrar lo obsoleto del término en cuestión", siguió hablando la I, " propongo como prueba la realización de un desfile de significantes".

    Fue la N quien inició el desfile: "nochebuena, nieve y Noel", dijo. Continuó la A, que ofreció "alegría, amistad y aguinaldo". La V, por su parte, vociferó: "verano, vacaciones, viajes y villancico". La D, por último, se dirigió al auditorio diciendo: "domingo, descanso, duermevela y dormitar". Terminadas estas intervenciones, la I tomó aire y recitó de carrerilla: "impresentable, ******, imbécil, inútil, ingenuo, insensible, iletrado, iluso, imperfecto e ignorante". Los asistentes a tan enérgico alegato permanecieron impávidos e inmóviles en sus asientos tras la retahíla de la I, y nadie se atrevió a respirar.

    "Lo que intento decir", continuó la I, "es que si hay alguna palabra que haya perdido su contenido por el camino esa es NAVIDAD. Además, ¿no les parece contradictorio que una raquítica, escuálida y anoréxica I comparta espacio con la D? Mírenla, toda oronda ella, y, por si fuera poco, por partida doble. Ella sí, con su panzudo vientre, es digna de ocupar el lugar que invade, como representante gráfico de las mesas atiborradas de manjares que abundan en estas fechas. Pero yo, ¿qué pinto?".

    Las letras se miraban las unas a las otras. La CH hacía corrillo con la LL y buscaban con la mirada a la RR que de tanto en tanto aparecía por allí, por aquello del equilibro de fuerzas. La G con la J, por la simpatía de sonidos; la B y la V mantenían sus tradicionales disputas, y la Ñ aprovechó la ocasión para abandonar sigilosamente la sala y buscar una barra de bar.

    "Señoras y señores", iba concluyendo la ponente, "es hora de recapacitar y de hacer un examen de conciencia. Hubo un tiempo en el que decir NAVIDAD tenía un significado, era una evocación, suponía una equivalencia clara con la realidad. Pero hoy, por mucho que nos pese, todo eso se ha perdido. Como bien saben, ‘todo viaja hacia su difuminación’, y nosotras no íbamos a ser menos. Quizá sea hora de efectuar cambios en el equipo y adaptarnos a los nuevos tiempos. Estoy convencida de que otras letras realizarían nuestra función de mejor manera. Y pienso, por ejemplo, en la P de Playstation, de plazos y de pagar; en la C de compras, cajeros, cabalgatas y centros comerciales. En la R, de Reyes, de regalos y, también, de rebajas. En la G, de gastar y Gameboy. O en la misma V de videojuegos y videoconsolas. ¿Me puede alguien decir dónde está el espíritu navideño?

    Nadie lo dijo, claro. Y las letras del alfabeto se limitaron a asentir mientras se lamentaban del cariz que habían adquirido los nuevos tiempos, tiempos vanidosos y nada navideños. Y la N y la V pasaron a la acción y decidieron, permutando sus posiciones, dar el primer paso para cambiar el destino.

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    ESTRELLA FUGAZ

    Al principio solo había oscuridad, mas tarde comencé a soñar y de los sueños surgió la luz y con ella llegaron los animales y las plantas, los ríos y los bosques, y todo aquello que alguna vez había conocido y amado en mis nueve años de vida volvió. Soñé durante aquella interminable noche con un mundo que ya no existía, el mundo que dejé atrás cuando vi la estrella.

    Era la noche de Navidad, yo había salido al jardín a buscar a mi perro. Recuerdo que hacía mucho frío. Miré hacia lo alto y allí estaba. Era una estrella grande y su brillo mayor que el de ninguna otra que yo hubiese visto. Destacaba nítidamente en aquel cielo sin nubes cubierto de luces. Me di cuenta entonces que se movía. La observé fijamente mientras atravesaba el cielo y aunque los ojos comenzaron a dolerme no podía dejar de mirarla. Cuando al final conseguí cerrarlos pedí un deseo y al volverlos a abrir ví que había un hombre en el camino, junto a la cerca. A la luz de la luna pude ver que era alto y que llevaba un gran abrigo largo. No decía nada, solo me miraba fijamente. Al cabo de unos segundos me llamó por mi nombre, su voz me cautivó y aunque sabía que no debía hacerlo me acerqué a él .

    Era muy mayor. Su rostro estaba arrugado y en sus ojos había tristeza. Me sonrió y agarró mi mano con suavidad. A mi alrededor todo comenzó a difuminarse. La cerca que nos separaba desapareció, todo cambiaba pero no corrí ni grité, por algún motivo no tenía miedo. Le pregunté si venía a concederme mi deseo.

    - No puedo concederte el deseo, la que viste no era una estrella fugaz. Esa aberración, igual que otras muchas que ahora mismo están atravesando el cielo, ha surgido de la tierra, de alguno de los grandes silos donde estaba guardada esperando su momento. Mira a tu alrededor -.

    Entonces ví.

    La tierra tembló, un enorme sol azul salió por el horizonte y sus rayos de fuego acariciaron la llanura. Arboles, rocas, casas, vida, todo desapareció al paso de aquella ola. Todo excepto nosotros. Me volví hacia el hombre. Había lágrimas en mis ojos. Yo quería ver a mi madre pero él me tranquilizó con palabras que he olvidado y acarició mi cabeza hasta que dejé de llorar. No sé cuanto tiempo estuve así pero cuando pude volver a mirar a mi alrededor mi mundo estaba frío y muerto. Empecé a temblar y entonces el hombre se quitó el abrigo, me envolvió con él y me depositó encima de unas rocas.

    - Quiero que te tumbes y que duermas, no tienes nada que temer, yo velaré tu sueño. No sentirás frío ni dolor. Descansa, duerme, recuerda tu mundo y de la inocencia de tus sueños lo crearé de nuevo. Por eso he venido.

    Yo no quería dormir pero con su mano comenzó a acariciarme el rostro y un cansancio imposible de vencer me invadió. Mis ojos se cerraron.

    Reviví todo lo que había conocido. Volví a estar con mi familia, volví a correr por los campos y al final, cuando mis sueños terminaron recordé que aquella última noche había sido la de Navidad y deseé tener regalos por la mañana. Me dí cuenta entonces de que podía despertarme. Que aquel hombre ya tenía todo lo que necesitaba. Y en mis sueños sonreí porque supe que al abrir los ojos estaría de nuevo en mi cama y que mi hermano pequeño intentaría robarme otro año más mis juguetes. Pero este año no me enfadaría.

    Fuente(s): bueno son cuarttro espero te sirvan son cortos variados mira el que te guste mas bueno by te cuidas y suerte con el cuento
  • hace 6 años

    Casi todas las sillas de mi casa son compradas en los sitios web, cuando empezamos a re-decorar la casa nos faltaba algo indispensable, unas sillas de comedor, he encontrado un set de sillas de comedor a un excelente precio, muy modernas, robustas y muy cómodas, la elección perfecta para el comedor.

  • hace 1 década

    Un dia como si nada aparece un señor un poquito gordito y decia jojojo y un niño de 4 o 5 años le dijo quien eres =???? que pero man no me conoces ?¿???¿?¿¿¿¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?soy papá noel ,,,,santa couse,,,,,el dady shanque no man no me conoces para eso te aviso soy el que te da regalos a ti y a todo el mundooo pero como te as portado mal te doy carbon.

    MORALEJA:se bueno todo el año para que el mejor (papá noel(te traiga regalos.

    Asi los niños se portan bien todo el año jajaja!!!!suerte amigo y de corazon que te sirva lo que te dije xauuuu muchisima suerteee!!!!

  • Anónimo
    hace 1 década

    Intenta con el autor Hans Christian Andersen, tiene cuentos de navidad muy cortos, uno de mis favoritos es el de "La niña de los fosforos"....

    Suerte!!!

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